Escuchábamos rock y aprendíamos lo raro.
Predicábamos la destrucción
y nuestros profetas nos dormían.
Pensábamos que la opción del mundo
era acabar con el mundo.
“Quemarse antes que apagarse”
los músicos nos dejaban
escrito en sus letras.
Dormíamos todo lo que podíamos
y despertábamos cargados de odio.
Quemábamos banderas
de los enemigos superpoderosos provocando
y nos pegábamos en las escaleras
de la entrada de la escuela.
Nos preocupaba más destruir todo
que alzar un sitio en la cima.
Un día tu padre dijo: les dolerá
todo lo que han cobijado
bajo la manta de la miseria.
No llenen de odio su cuerpo.
Y aquí estamos nosotros brillando
como los animales que aniquilan
a los superpoderosos enemigos
que teníamos cuando éramos los irreverentes.
Ahora pensamos en nosotros,
en nuestra afinidad colectiva,
en las estrofas de nuestra música.
Me acuerdo de la última carta
que nos dejó sobre la mesa
tu padre, mi padre,
antes de irse hermano:
despierten pequeños infelices,
las cosas han cambiado.
El rock no es ya nuestra música.
Ahora los sonidos vienen de la política
y te están diciendo: qué vas a hacer mañana
para que toda tu mierda se acabe.





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