Desarrollo Social

                                                                                                   

Escuchábamos rock y aprendíamos lo raro.

Predicábamos la destrucción

y nuestros profetas nos dormían.

Pensábamos que la opción del mundo

era acabar con el mundo.

“Quemarse antes que apagarse”

los músicos nos dejaban

escrito en sus letras.

 

Dormíamos todo lo que podíamos

y despertábamos cargados de odio.

Quemábamos banderas

de los enemigos superpoderosos provocando

y nos pegábamos en las escaleras

de la entrada de la escuela.

 

Nos preocupaba más destruir todo

que alzar un sitio en la cima.

 

Un día tu padre dijo: les dolerá

todo lo que han cobijado

bajo la manta de la miseria.

No llenen de odio su cuerpo.

 

Y aquí estamos nosotros brillando

como los animales que aniquilan

a los superpoderosos enemigos

que teníamos cuando éramos los irreverentes.

 

Ahora pensamos en nosotros,

en nuestra afinidad colectiva,

en las estrofas de nuestra música.

 

Me acuerdo de la última carta

que nos dejó sobre la mesa

tu padre, mi padre,

antes de irse hermano:

despierten pequeños infelices,

las cosas han cambiado.

El rock no es ya nuestra música.

Ahora los sonidos vienen de la política

y te están diciendo: qué vas a hacer mañana

para que toda tu mierda se acabe. 


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“Será necesario despojar nuestras cabezas de las cadenas culturales que durante tanto tiempo nos han metido. Son más fuertes, más invisibles, más dañinas, más profundas que los cañonazos, porque muchas veces nos hacen ver las cosas no con el cristal de la patria, sino con el cristal de los intereses de otros”. C.F.K.

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Del Hijo – Lucas Tejerina

- CUARTETO BOLCHE - Le acabé adentro. Por bronca por impotencia por resentimiento, dentro bien adentro, por amor por lo que nos hicimos y lo que nos debemos, porque no pudimos dejar de querernos. Porque estoy vencido. Por nuestro pasado. Porque soy un filo que está sin cuchillo, porque soy el nudo, la estaca y el grito. Le acabé adentro, porque quiero un hijo, porque la quiero y porque no la quiero y porque estoy cansado y me siento viejo. Por eso, y por cosas que olvidar prefiero, le acabé adentro. Porque cuando pienso en mi viejo lloro, porque cuando pienso en mi vieja lloro, porque extrañaba mi carne en su carne, y porque estoy solo y por las mil noches que antes de acabar suplicaba que le acabara dentro. Por hijo de puta. Porque cuando pude, pudo y quería llenarse de mí, elevar su vientre a la categoría de los nueve meses, me negaba siempre. Porque al proponer las demoliciones, nunca me pensé solo y demolido. Porque no la olvido, porque hubiera sido diamante perfecto muy bien escondido dentro de la piedra su hijo y mi hijo, porque estoy buscando demorar mi muerte, porque las palabras ya no me contienen, porque quiero verme en ese que viene, porque ya no quiero soñarme de niño y anciano que se encuentran siempre y nunca – nada - dicen, porque cuando hablamos de llegar a viejos ella estaba sola y yo estaba muerto. Porque hubiera sido algo hermoso y bueno que una parte suya me acompañe siempre. Bien adentro y mucho, como una sucesión de puñales secos. Porque estoy enfermo del mundo y su fuego que me cuece lento el amor y el odio, y este pensamiento que lame mi semen, mi calva y mis huesos: ¿ cómo hubiera sido su hijo y mi hijo ? ¿ cómo hubiera sido ?

El hombre de los ojos hermosos – Charles Bukowski

Cuando éramos niños, había una extraña casa. Siempre tenía las persianas bajas y nunca oíamos voces adentro. El patio estaba lleno de bambú y nos gustaba jugar en el bambú. Jugábamos a ser Tarzán aunque no había ninguna Jane. Y había un estanque de peces grande lleno de los peces más gordos que hubiéramos visto y eran mansos. Venían a la superficie del agua y comían trozos de pan de nuestra mano. Nuestros padres nos habían dicho: Nunca se acerquen a esa casa, así que, por supuesto, íbamos, y nos preguntábamos si alguien vivía allí. Pasaban semanas y nunca veíamos a nadie. Y un día oímos una voz desde la casa. ¡Maldita puta! Era la voz de un hombre. Entonces se abrió la tela mosquitera de la puerta y el hombre salió. Llevaba una botella de Whisky en su mano derecha. Tenía unos treinta años. Un cigarro colgaba de su boca y necesitaba afeitarse. Su pelo estaba salvajemente revuelto y andaba descalzo en camisa y pantalones. Pero sus ojos eran brillantes. Encandilaban con su brillo. Y nos dijo: “hey caballeritos, espero que estén pasando un buen rato”. Entonces se río y volvió a la casa. Nosotros nos fuimos de vuelta al patio de mis padres y pensamos sobre eso. Nuestros padres, decidimos, nos querían alejar de ahí porque no querían que viéramos a un hombre como ese, un hombre fuerte y natural, con los ojos hermosos. A nuestros padres les daba vergüenza no ser como ése hombre por eso nos querían alejar de ahí. Pero volvimos a aquella casa, y al bambú y a los mansos peces. Volvimos muchas tardes durante muchas semanas pero nunca vimos ni oímos al hombre de nuevo. Las persianas estaban bajas como siempre y estaba en silencio. Entonces, un día, mientras volvíamos de la escuela vimos la casa. Se había incendiado no quedaba nada. Sólo unos cimientos negros, chamuscados y retorcidos. Y fuimos al estanque y no había agua Y los peces gordos y naranjas estaban muertos ahí, secándose. Volvimos al patio de mis padres y hablamos sobre eso. Y decidimos que nuestros padres habían quemado la casa, y habían matado a los peces porque todo era tan hermoso, hasta el bosque de bambú habían quemado. Habían tenido miedo del hombre de los ojos hermosos. Y nosotros tuvimos miedo, entonces, de que a lo largo de nuestras vidas cosas como esa sucederían. Que nadie quisiera que otro sea fuerte y hermoso, que nunca lo permitirían, y que mucha gente tendría que morir.

El hombre con la cara del Che – Washigton Cucurto

El se tatuó al Che en el hombro cuando nadie se tatuaba nada ni siquiera todos conocían al Che. Cuando eso ocurría, él se lo tatuó. ¿Por qué te has tatuado al Che? le preguntaba mi abuela. Eso hacen los hombres que salen de la cárcel, decía ella. “Y que crees vos, madre, que es esta vida que vivimos sino una cárcel”. Cuando nadie se tatuaba nada, él se tatuó al Che en el Hombro siglos antes de que el Che fuera el Che; un hombre hizo eso antes, de que todo esto sucediera. Hoy, un día antes de navidad, lo llamo para desearle felices fiestas. Me atiende completamente borracho. Feliz de escucharme y a la vez me dice algo acerca de la nieve “Vos sos un simulacro en la nieve”. Mi padre ha vuelto a la bebida. Regresa a ella. “¡Qué lindos están tus hijos, hermano!”. Mi padre me dice, “hermano”. Papá, mañana es navidad. “Estoy arrepentido de haberme Tatuado la cara del Che en el hombro. Arrepentido de todo y también del Che”. Su Che, nuestro Che del Hombro de nuestra Infancia. “El Che envejeció en mi hombro más que yo”, me dice. Mi padre ha vuelto a la bebida. Mi padre se cae al Hombro. “No te olvides de mí, hermano”, me dice. Eso nunca contesté y bajé el teléfono.

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