Un lejano ahijado de aquel pagano hombre comienza a presentar sus posturas acerca de las letras y sus lectores, la literatura, la música, sus canciones. Conversa con sus amigos una tarde entre cerveza y cerveza y discute, saca conclusiones de la charla, el encuentro en ese bar de aquel barrio casi perdido de todo, con una esfera propia y clausurada. Toma nota en su cuaderno y habla al tiempo (dice lo siguiente desde el silencio de su cuarto y su lápiz corrosivo de medida incierta, creo Faber Castell negro Hb/nº 2):
Tampoco puedo ser Cortázar en casos como estos, como cuando a los lectores gustosos de tocarse con las hojas, por las hojas que lo hacen distinto, esperan alimento.
Tampoco puedo ser Cortázar cuando urgen las cosas para decir, cuando la profundidad es algo que cae al vacío sin reparo. Pocos entienden a Julio -Julio Cortázar-, García, Starosta, por citar casos arbitrariamente reductibles y separables. Esto queda claro. Y saben qué es lo peor, que, ustedes, quieren entender. Pequeños burgueses, ustedes quieren entender estas cosas y maravillarse, encasillarlas. Acariciarlas como espiritualmente haría un cristiano confiando en lo sagrado. Al pobre, le chupa un huevo observar estas cosas, se anda ahí peleándose con el hambre, entre ver qué come y como le esquiva a la mirada que vos le pones sobre la cara cuando llega ese tiempo de febrero y va al río y anda sin gorra y ponen el cuarteto del reviente, a la playa no llegan, no ven el mar, ahí no van los pobres. A vos sí te importa sentirte entretenido en eso de leer, hacer “tu” lectura, hacer tu lecturita de reducto académico, hacerte la paja con la hoja de las letras de las canciones y pensás que la tenés clara, que eso te va a servir para pararte de alguna forma única, diferente, para tomar postura en alguna cátedra de etnometodología californiana con ese olor a viejo y frío yanqui o europeo que te homologa a la eternidad del intelectual incrustado en la tapa de un libro de autor publicado, que no sirve para el día de los asados y la parrilla ardiendo el día de ese asado, el último día viernes después de la paga, después de la obra llegando el fin de semana con la chapa como bancando la parada cargada de falda si la suerte acompaña. Sabés qué es lo peor del caso, que no entendiste nada. Que todos los desarmes vanguardistas que se te planteaban para dejar de ser ese niño burgués que anda de punta en blanco, las que se te propusieron, no fueron aprehendidas por tu mente tan casta y purista negada de ensuciarse. No leas Cortázar si no estás dispuesto a cambiar algunas cosas que no funcionan y segregan, atender las urgencias. Porque… sabés qué es lo peor del caso, no pellizcaste ni una sola idea de Cortázar y Un Tal Lucas desarmando la cabeza. Seguro esto te duele en tu orgullo. Lo peor, lo triste, es que no entendiste nada, con lo que eso te gusta, sentirte diferente, un chicuelo universitario que sacia la sed de sus padres de ser un “buen” estudiante, con pliegues y apliques y todo sometido a las reglas de la casa. ¿Así vas a cambiar algo de lo importante, desde ahí opinas que todo es mediocre y está perdido, que la gente no piensa? A vos niño blanco te hablo, casi que te pido (cosas que no hago), burgués de primavera inacabable, leé Cortázar, no te digo que no lo hagas, es algo que te puede llevar a cambiar el mundo, pero leelo bien pelotudo, no te hagas la paja con Rayuela.
Pedro Roberbuena.
A Pedro le gustan las cosas claras y directas. Saca punta a su lápiz Faber Castell negro Hb/nº2. Casi ahora podría jurarlo por el grosor de la mina.

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