Mamá es una puta en la ciudad del pecado
Hablamos toda la noche de política.
Mientras los trotskistas
hablaban siempre del mundo,
Nosotros hablábamos del barrio.
Estábamos hablando de mamá,
de la mujer que dejó su futuro.
Mamá no quiere que le tengan pena.
No quiere la lástima.
Quiere que entiendan que mamá trabaja.
Mamá tiene un trabajo despreciable.
Como el trabajo de todos nosotros
que tenemos trabajos de negros.
Mamá vive con el cuerpo cubierto
por el polvo de los hombres
que van a tirar su semen en su cuerpo.
Ya no tiene nada que se parezca a sentir.
Siente que todo va más allá del esfuerzo.
La Puta, mamá u otra,
lleva comida a sus hijos
y sus hijos van al jardín
con la merienda
y ya ninguna cara los mira
mandándolos
a la segunda o tercera clase.
Mamá entregó sus intestinos
a mil hombres,
con ninguno hizo el amor.
A todos les sacó el dinero
conservando la claridad
de que no iba a someterse
a limpiar la bosta del baño
de la casa de los otros.
Ahora mamá pide,
junto a sus compañeras,
que le reconozcan el trabajo,
para que la cana
deje de sangrarle los ojos,
y las toque hasta violarlas.
Mamá sueña que vive en Sin City,
La ciudad del pecado,
y ellas son las putas de Pueblo Olvido.
Trabajan bajo la protección de sus armas,
la cana no las toca,
son dueñas de la calle,
los clientes descargan y siguen su camino,
si se pasan, se mueren
o se van sin las bolas.
Nadie las toca,
ellas sepultan a los carneros
que juegan a hacerse los machos
bajo la tierra o cortan sus cuerpos
para guardarlos en el baúl de un gran auto
y eso es lo más parecido a ponerla.
Esta semana acabaron con tres tipos.
Al fin vuelve al día,
y reconoce que no es ningún superhéroe.
Quiere laburar y tener obra social.
Un lugar donde caer con dignidad
por haber molido el cuerpo.
Mamá es una puta
que no quiere la pena
o la lástima del castigo
en una ciudad cargada de pecados.
Mamá quiere reconocimientos
por el trabajo de su clase.
Mamá escupe al Dios
que la quiere hacer parir
a pesar de todo
y a los católicos
que menosprecian
su esfuerzo
de abrir las piernas
para ganarse la subsistencia.
Mamá es una puta hermosa
en la ciudad del pecado.
A Méndez con lo suyo
Cómo mataron a Méndez,
nos preguntó el más viejo de los hombres.
Comenzamos contando
dónde nos juntábamos para planearlo.
Era un lugar en donde todos llevaban sus problemas.
Todos lo hacían de la forma más limpia.
Desde el principio supimos que los problemas
se tenían que ir de otra forma.
Había que quemarlos.
Nos encerramos en una habitación,
una pieza de un lugar viejo.
Estos son los tipos que mandó a matar Méndez:
El tipo que era engañado por su mujer
cuando iba a comer al bar en el tiempo del almuerzo.
El almacenero de la esquina
que mojaba sus aceitunas en leche
de vaca,
el viejo del puesto de revistas
que no trajo la colección completa
del Vengador,
y Lucía Vargas,
la hija del policía.
Era un lugar donde se mataban los problemas.
La primera vez que lo visité
olfateé los tarros de nafta
que se dejaban descansar
sobre la madera del piso.
Siempre había riesgo de incendio.
Podíamos volar en cualquier momento
por cien partes con nuestras tripas.
El lugar era la casa de verano de María.
Yo no soy de los que matan
cuando se llevan las cosas
pero no juzgo a los que lo hacen
cuando se llevan gente,
no cualquier cagón mata.
Les repetí al resto la primera vez
que hablamos de Méndez.
Los putos que andan
chupándole los huevos a su jefe
no pueden tirar un tiro en la cara de alguien.
Y no hablamos de asesinos.
Hablamos de hombres comunes
que un día se levantan cansados
con un arma en la mano
sabiendo a quién se la van a vaciar.
Méndez era odiado por todos nosotros.
Era el jefe de todos.
El dueño de la comuna.
Los putos nos habíamos cansado,
y planeábamos asesinarlo.
Como saliera.
No voy a hablar enredado,
Méndez tenía todo nuestro odio.
Por eso decidimos matarlo.
Lo esperamos fuera de la puerta
de la casa del jefe comunal.
Era de noche,
siempre es mejor la noche para los asesinatos.
Lo metimos al auto
y aceleramos hasta la casa de María.
En la casa de verano
lo sentamos
y le dijimos por qué
lo íbamos a matar.
Por qué iba a morir.
El puto se largó a llorar
como un cobarde.
Esperábamos otra cosa.
Nos incrementó el odio.
El primero en apretar el gatillo
fue Carlos Mariategui,
el Colorado
que tenía 18 puntos debajo de la axila
esa semana
le siguió.
Uno a uno
fuimos descargando la rabia
en 13 balazos de fuego.
Crimen colectivo e imperfecto.
Prendimos fuego
el cuerpo baleado de Méndez.
El hijo de puta no respiraba más
y ya no se lo veía.
Era una sola ceniza.
Así que nos fuimos al campo
a esparcir la mugre.
Méndez pasó la vuelta.
Se fue para siempre
y sólo nosotros sabemos
cómo quemamos su cuerpo.
Ahora el comisario nos pregunta
- con alegría –
acerca de los detalles.
Lo colgamos de un arnés
que se ajustaba de la viga del techo del garaje
de la casa de María
y le dimos paso al incendio.
Un festival de luces de chispas
derrumbadas y apagadas
eran el cuerpo de Méndez aquella noche.
Nosotros la risa.
O el escape a la condena
de los sometidos por Méndez.
Méndez iba a ser presidente
y nos iba a enterrar
como a todos los cuerpos
que sus matones tiraron
a la fosa común después de asesinarlos
y pasarlos al río
cuando la fosa común estaba llena.
El río ahora es su cementerio.
Le dimos con lo suyo.
Méndez no flotaba
porque el hijo de puta
era pura ceniza mojada.
Y nosotros la venganza de un río cansado
de ocultar personas
que no conocían la justicia.
Las Películas de la Premiación
Miro una película,
solo.
Apago la tele,
ya no hay nada.
Leo McEwan,
Auster
y Kenzaburo,
los tres últimos libros
que vinieron con el Página 12.
Nueve pesos cada uno.
Los pongo junto
a los documentales de Leonardo Favio,
PERÓN,
Sinfonía del Sentimiento.
Muchas veces entrando
por muchas puertas
hasta llegar al túnel
de la pelea.
Escucho.
Soy un hombre roto
de regreso,
volviendo
poniendo sobre el tendedero:
que los quebrados
tienen sus sueños
y son hermosos.
Dejame que te diga
que no puedo
sostenerme sin futuro
sobre el triunfo.
Soy de los que valoran el trabajo
soy de los que poco valor le dan
a la corona.
Los premios son las caras
de las agencias de publicidad.
Nadie se complace
en presentarse auténtico,
todos son la segunda o tercera copia
de algo malo.
Miro la película,
aburre,
como la mayoría de los estudiantes
de cine.
Miro los premios
que salen por televisión,
a quién quieren engañar,
son un pedazo de bosta sin inodoro.
Sobre el Agua con la que tanto rompieron las bolas
cuando era moda los vende mierda del 12 y el 13
Mientras los countrys
derrochan agua
los barrios más pobres
del sur de Córdoba
del norte
no tienen para tomar.
El suministro para todos no es el mismo.
La ley pesa distinta para el que tiene
y para el que no tiene,
- nada nuevo -
todas las distribuciones en Córdoba
así se reparten.
El Country del Jockey Club Córdoba
en donde vive el despreciable
hijo de puta de Kammerath
que con De La Sota se cansaron de destruirnos
de meternos los dedos en el medio del culo
y sangrarnos
y robarse toda la plata toda de la Provincia
dejándonos una ciudad parecida a Bagdad,
es el lugar que más agua tira
después de Las Delicias,
- country de pelotudos si los habrá -
y esos barrios cerrados
a donde los controles municipales
no pueden entrar porque acá la ley es la guita.
Las cosas no son iguales para todos,
No estoy diciendo nada nuevo.
Mientras tanto ellos estarán en sus piletas
en sus yacuzzis, sus spa de ozono, sus hidromasajes,
en sus canchas de golf,
que gastan miles de litros de agua para el mantenimiento,
y kilómetros de terrenos en donde podrían vivir mil personas,
en sus lagos artificiales,
y las gentes del sur y del norte de nuestros barrios
andarán descalzos entre medio del barro seco
sudando y manchando sus remeras
con el olor del sol hecho cuerpo
y estarán buscando algún estanque
de donde puedan sacar un poco de agua
auque sea podrida,
o un poco de agua estancada de lluvia
que los lave, los salve algo,
en la que haya fecundado el dengue.
Algún camión cisterna,
una provisión que calme este calor de mierda.
Las doñas en las veredas buscando aire,
los nenes con un carnaval seco,
sin ir a la escuela porque cierran,
los obreros de la obra sin poder bañarse
en el regreso a casa,
y los chetos jugando waterpolo
como mariquitas felices de la abundancia.
Las cosas acá no son para todos iguales.
Pero después se exige la misma paciencia para todos.
Se les exige a los pobres que se comporten,
que tengan modales,
que se ubiquen,
que no hagan lío,
que no tengan bronca,
que no sean negros,
que no se organicen,
que no se expresen,
que no tengan reacciones personales
como las de portar armas
para conseguir lo que nadie les provee,
“qué negros de alma”,
esa palabrita que tanto les gusta mencionar
a los que más gastan agua en esta ciudad
entre otras muchas cosas.
Seguro en este día en donde los noticieros
bombardean con la noticia del agua,
de pura cizaña nomás,
porque en realidad su preocupación
va por poner sobre la circulación de información
lo que incrementa el ingreso de sus empresas,
los pelotudos alojados en los countrys
seguirán tirando el agua
como tiran cualquier estupidez de la boca
porque no aprendieron todavía en la escuela bilingüe
lo que es el valor, que no es el de uso ni el de cambio,
sino el humano, el existente,
el recurso no renovable,
y no estarán viendo para nada el noticiero
la mayoría de sus pobladores
porque parece que a veces los tipos
viven en un mundo paralelo
compuesto de dinero
relaciones de parejas estúpidas
entre nenas y nenes tarados
que se sostienen por una casa
/ grande /
un auto / alemán /
y vacaciones bien lejos
a donde no deban recordar
que están en Argentina.
El país que tanto odian.
Así están las cosas acá.
No son para nada para todos iguales.
Sobre el agua pasea un pato en la costa del Suquía
y un nene se va a bañar al canal maestro
y otro va a La Isla de los Desgarbados.
Los pobres nadan con los patos
en las aguas meadas del Suquía
los chetos conservan su pileta llenita
bronceándose para estar a la moda
y odian a La Mona Jiménez
esa música de mierda
que escuchan sus hijos
alguno que otro
cuando quieren hacerse los rebeldes
sin contenido los vacíos
y parecerse un poco a los negros,
aunque sea en el sentimiento.
Aunque sea por arriba
porque no lo llevan adentro.
Nunca van a ser negros.
A ellos les sobra el agua. La guita.
Nunca van a tocar la meada del Suquía.
En esta provincia cada uno padece
según su cuero,
como en todas las partes del mundo.
Los negros toman agua contaminada,
meada del Suquía
o no la tienen en sus grifos
y los blancos riegan sus jardines dorados
cargados de flores amarillas y muertas.
Resaca noventista. Resina europea.
No guardamos cosas cuando viene la lluvia
Ahora afuera está sudando.
Cae la lluvia. No nos mojamos.
Yo prefiero pararme al lado tuyo
y desde el balcón fumarme un pucho
y mirar las luces de la calle
corridas desfiguradas
como con un diafragma abierto
pasando por nuestros ojos.
Olemos el techo del estacionamiento de abajo
de chapa
que ahora descansa del calor
y suelta restos de humo
como una plancha
recién sumergida en el agua
después de apagar la hornalla
donde se cocinaba la carne.
Afuera llueve y nosotros estamos en casa.
El trabajo esta semana nos dejó vernos poco.
A pesar del tiempo acordamos que mañana
otra vez dormimos juntos
hasta que pare de caer el cielo.
Para hacer nuestro propio charco.
Cojemos siempre que dormimos.
Es la constante más hermosa que tenemos.
A pesar de que pasen días
en que no nos hablamos
como debemos
el cuerpo sigue siendo
mejor que cada uno de nosotros
mejor que cada uno de mis poemas
mejor que todo lo que pueda escribir de amor.
Que por este tiempo
prefiero llamarlo cojer
porque no demuestro ternura.
La lluvia está inconstante.
Aprendemos a mirarla
y a saber que nada es parejo.
Nunca.
Vive la gente en los desequilibrios.
Aprende cómo es.
Como cada perro.
Dejado
y arrojado al abandono
olvidado en el piso.
Hoy nos tocamos
y sacudimos el cuerpo con rabia
hasta mojarlo todo.
Tener mi pija en tu cuerpo es amor.
Afuera llueve,
nosotros
más constantes que el diluvio,
y su agua de lluvia en la ciudad,
cojemos toda la tarde hasta la noche.
Nos ensuciamos el cuerpo.
La lluvia para.
Si queremos podemos pasar días
sacando gotas de sudor del cuerpo
plantando agua sobre el cuerpo.
El lugar de afuera está contaminado.
El agua de afuera tiene olor.
Nueva Córdoba está toda podrida.
Nunca vamos a caber ahí.
Está prohibido pensar.
Los que se parecen a nosotros
son esos tipos
que andan diciendo cosas a la cara.
Acá no existen.
Afuera se moja toda la ropa
que dejamos tendida.
Nada importa
mientras vamos acabando
cuando cojemos.
Afuera llueve como en verano.
El agua regresó después de un tiempo.
El noticiero ya no nombra la sequía.
Nosotros seguimos viendo caer agua
y sostenemos nuestra belleza.
No guardamos cosas para cuando pase la lluvia.
Llegamos un día de mucho calor
Nos fuimos a vivir a un garaje.
Llegamos un día de mucho calor.
En la mudanza cargamos
algunas almohadas para tirar sobre las paredes
del camión para descansar
antes de empezar a bajar las cosas
que no iban a entrar en la nueva casa prestada.
Nos tocó ocupar un garaje,
lo que había sido el depósito
de un quiosco que había fundido.
En el garaje
en verano
nadie soportaba
tener que ir a abrir la ventana
y todo lo que se vendía hervía
hasta hacer escupir a la gente
que compraba.
Ahora ahí, vivíamos nosotros.
Llegamos al garaje. Hace calor.
No tenemos ventana en la pieza.
Nuestra nueva persiana es un vidrio
que no deja ver para afuera
y desde afuera no nos pueden ver.
Así que sospechan.
Nuestra ventana
es la puerta de un garaje
vidriada con vidrios esmerilados baratos.
Bien entrado el verano
nos desmayamos un par de veces
y vomitamos por el encierro
la bilis.
El verano dura tres meses.
Y no tardamos mucho en entrar al otoño.
El piso del garaje estaba lleno de grasa.
Con destornilladores nos pusimos a sacar la mugre
pegada entre mosaico y mosaico blanco
con hendiduras.
Parecía el adoquín con el que se tapa la tierra
para crear el cemento.
Estuvimos un mes sacando los pedazos
de caucho, de grasa y óxido
que tenían las latas de batata
y los cajones de cerveza
que habían estado durmiendo
en el depósito.
Nadie nos avisó
que el techo de casa
no iba a tener tejas.
Que el cemento es todo el freno
que tenemos para separarnos del calor.
Entre tanta contemplación
un par de cosas se reflejan en el piso.
Es mejor este suelo
que la casa de la abuela.
Allí no se respiraba tampoco.
Nadie podía decir nada que no fuese
lo que decía la vieja.
Venimos del piso. De comer la brea.
Venimos de vender la casa.
Estamos para empezar con menos que siempre.
Somos animales,
que no medimos la vida
por planificaciones.
Vamos de día a día.
Vemos la tierra que entra
por debajo del espacio
que deja el portón
a centímetros del piso
y tiene luz.
Los vidrios están borrosos.
El brillo nos luce en la cara.
El verano se irá pronto.
Nosotros nos estamos acostumbrando
a la nueva casa.
La nueva casa que eligió papá
es para estar lejos de la abuela.
Es para que aprendamos a limpiar.
Nada comparado a este calor.
Mamá ya no está.
No hacía calor cuando se fue.
Papá nos reparte los destornilladores
para hacer volar la mugre
de la cubierta de los pisos.
Nos fuimos a vivir a un garaje.
Llegamos un día de mucho calor.
Giramos del calor
como una cucaracha patas arriba
agonizando después del veneno.
Terminamos
en un infierno para tres personas
disparados por el calor
de las baldosas
y el fuego del techo.
No encontramos lugar para todas las cosas.
Sacamos muchas a la calle
para que se fueran.
Las ratas los perdedores
los presos los muertos
seguimos
desparramados por el garaje
intentando entrar en las cajas
que esperan para ser abiertas
y encontrar un lugar en la brasa.